sábado, 20 de octubre de 2012

Pasaje gratis hacía otro mundo.

No era viento lo que rozaban mis mejillas poniéndome los pelos a flor de piel, sino una simple y fría brisa que me acariciaba el rostro, suave e inofensiva, dándome a notar que estaba allí para acompañarme. Me abracé, bajando la vista al suelo, descubriendo que no traía más que mi pijama rosado preferido. Algo hico click en mi mente y me vi obligada a recorrer el lugar en el que me encontraba de pie con la vista. Lo único que mis ojos lograban ver eran arboles, pinos para ser más especifica, por doquier. Verde era el color que reinaba en aquel espacio. ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Por qué no estaba en mi cama, durmiendo tranquilamente? Debían de ser las tres de la madrugada, aproximadamente, y necesitaba descansar. El Sol se ocultaba tras unas blancas y pronunciadas nubes, negándose a mostrarse, condenándome al vientito que soplaba, helándome lentamente. Un aullido hizo falta para que saltara sobre mi lugar y todos mis sentidos se alteraran, posicionándome a la defensiva. ¿Qué había sido eso? Estaba perdida y, extrañamente, no estaba desesperada por regresar a casa. Me sentía bien. Se oyó otro aullido, esta vez un poco más cerca, y examine el lugar en su totalidad. Aquellos ruidos sobrenaturales se repitieron unas cuantas veces más, mas no supe de donde provenían. El viento desparramaba por el aire cada nota, cada sonido, cada aullido. Se oyeron un par de veces más, hasta que -de repente- cesaron. En ese momento creí que la sangre volvía a recorrer su normal trayecto, regresando el color a mi piel.
Al segundo en que me atreví a dar un paso hacía el frente un gigante lobo salió de entre los arboles, parándose justo delante de mis ojos. Era enorme (su altura llegaba hasta mis hombros), del color del dulce de leche y unos ojos almendra que no dejaban de mirarme fijamente. Alzó su hocico en dirección al cielo y profirió un aullido. Creí que en cualquier momento saldrían más como él, me mostrarían sus filosos dientes y me devorarían de a trocitos, pero cuando volvió su vista a la mía me tranquilicé. Mágicamente me sentí segura. No le tenía miedo, en absoluto.
Avance hasta él, con la mano estirada hacía su cuerpo, y rocé su enmarañado pelaje, hundiéndome con cada caricia más en sus ojos y su esencia, hasta un punto tal en que cerré los ojos para disfrutar a pleno de aquel momento, volviéndome el alma al cuerpo.

(Me incorporé de repente, con el pecho agitado y una mano acariciando mi almohada.)

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