No era viento lo que rozaban mis mejillas poniéndome los
pelos a flor de piel, sino una simple y fría brisa que me acariciaba el rostro,
suave e inofensiva, dándome a notar que estaba allí para acompañarme. Me abracé,
bajando la vista al suelo, descubriendo que no traía más que mi pijama rosado
preferido. Algo hico click en mi mente y me vi obligada a recorrer el
lugar en el que me encontraba de pie con la vista. Lo único que mis ojos
lograban ver eran arboles, pinos para ser más especifica, por doquier. Verde era
el color que reinaba en aquel espacio. ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Por qué
no estaba en mi cama, durmiendo tranquilamente? Debían de ser las tres de la
madrugada, aproximadamente, y necesitaba descansar. El Sol se ocultaba tras unas
blancas y pronunciadas nubes, negándose a mostrarse, condenándome al vientito
que soplaba, helándome lentamente. Un aullido hizo falta para que saltara sobre
mi lugar y todos mis sentidos se alteraran, posicionándome a la defensiva. ¿Qué
había sido eso? Estaba perdida y, extrañamente, no estaba desesperada por
regresar a casa. Me sentía bien. Se oyó otro aullido, esta vez un poco más
cerca, y examine el lugar en su totalidad. Aquellos ruidos sobrenaturales se
repitieron unas cuantas veces más, mas no supe de donde provenían. El viento
desparramaba por el aire cada nota, cada sonido, cada aullido. Se oyeron un par
de veces más, hasta que -de repente- cesaron. En ese momento creí que la sangre
volvía a recorrer su normal trayecto, regresando el color a mi piel.
Al
segundo en que me atreví a dar un paso hacía el frente un gigante lobo salió de
entre los arboles, parándose justo delante de mis ojos. Era enorme (su altura
llegaba hasta mis hombros), del color del dulce de leche y unos ojos almendra
que no dejaban de mirarme fijamente. Alzó su hocico en dirección al cielo y
profirió un aullido. Creí que en cualquier momento saldrían más como él, me
mostrarían sus filosos dientes y me devorarían de a trocitos, pero cuando volvió
su vista a la mía me tranquilicé. Mágicamente me sentí segura. No le tenía
miedo, en absoluto.
Avance hasta él, con la mano estirada hacía su cuerpo, y
rocé su enmarañado pelaje, hundiéndome con cada caricia más en sus ojos y su
esencia, hasta un punto tal en que cerré los ojos para disfrutar a pleno de
aquel momento, volviéndome el alma al cuerpo.
(Me incorporé de repente,
con el pecho agitado y una mano acariciando mi almohada.)
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