miércoles, 17 de octubre de 2012

El amor duele.


Lo último que recordaba era el impacto del puño de Marcos sobre mi mejilla izquierda y el interminable dolor que sentí segundos más tarde del golpe. También recuerdo el resonante sonido de la voz de todos mis compañeros, amigos y profesores que se habían acercado a mí, luego de haber caído al suelo precipitadamente. Me acuerdo de Greg tirándose a mi lado, desesperado, gritándome que abriera los ojos, y señalando a Marcos con su dedo índice, diciéndole un montón de barbaridades que de estar lucida le hubiera dicho que callara. Mi cabeza daba vueltas y sentí como si alguien estuviera clavándome un montón de agujas juntas, por lo que había decidido cerrar los ojos y dejar que todo el resto tomara su curso. No escuche ni vi más nada luego de eso.
Sin embargo, a pesar del dolor que sentí en ese momento, ahora me sentía bien. Mi cabeza estaba quieta, no tenía más punzadas y mis oídos ya lograban captar los sonidos en el silencio. Acaricie cada espacio que me rodeaba con la palma de mi mano, tanteando donde estaba y qué tenía al lado; mas solo logre notar telas de ceda, suaves y calentitas. ¿Acaso estaba en mi cama? ¿Acaso lo había soñado todo?
Lentamente, muy poco decidida, abrí los ojos, convenciéndome de que todo había sido una vulgar pesadilla. La luz era demasiado fuerte para mí, por lo que volví a cerrar los ojos, dejándolos descansar un ratito más. Agudice un poco más mis sentidos, prestando algo más de atención a mi entorno. Creí escuchar una pequeña vocecita de fondo, parloteando y quejándose de algo que desconocía; luego, ésta se callo y habló otra mujer, con voz más grave y alegre, enumerando las ventajas de usar aquel producto. Volví a tantear mí alrededor y el resultado fue el mismo: ceda. No quise esperar más. Abrí los ojos de par en par, dejando que la cegadora luz me lastimara. Fui dejando que mis ojos se acostumbraran, para poder tener una visión más clara de donde me encontraba. Las paredes eran de un blanco chillón, las voces que había oído provenían de un pequeño televisor antiguo que pendía de la pared, y la puerta, del mismo color que las paredes, estaba cerrada. Saqué mis brazos de debajo de las sabanas y descubrí que no estaba en una cama, sino una camilla. Mis ojos aún dolían. Nunca me habían gustado los hospitales. Recorrí con la vista la habitación, y fue ahí cuando lo vi, sentado en una silla en una de las esquinas, acurrucado y hecho bolita sobre la misma, temblando.
Trate con todas mis fuerzas no moverme, ni decir una mínima palabra. No quería emitir ningún sonido porque, en realidad, no quería despertarlo. Se veía tan lindo sentado allí. En otra circunstancia no hubiera creído en lo que mis ojos me mostraban, lo hubiera negado y rogado que dejaran de mentirme. Si esto era un sueño, realmente no quería despertar. Se había dejado el pelo largo, y ahora se le formaban rulitos, que caían sobre su frente. Se veía tan tranquilo, tan sumido en su paz, que me daban ganas de dormir, pero a su lado.
Entonces, se revolvió incomodo sobre el asiento y fue abriendo los ojos, hasta encontrarse con los míos. Me limité a dirigirle una media sonrisa, sin saber qué hacer exactamente. Él se puso de pie de forma inmediata y camino hasta mi par, tomándome una de mis manos con la suya y acariciándome, como simbolizando un suspiro de alivio.

-¿Hace cuánto despertaste? –me preguntó, en voz baja y calmado.

 
-Recién. –hablé un poquito más fuerte que él- No quería despertarte, lo siento.
 
-Estoy bien. –comenté- Estoy bien. –repetí, para convencerme a mi misma de ello, también

-¿Bromeas? –rio por lo bajo- ¿Cómo te sientes? –frunció el ceño, mostrando preocupación sin motivo.

-¿Cómo esta Greg? ¿Y Marco? –recordé de repente lo que había pasado y no pude evitar preguntar.


 
-Greg esta afuera, con el resto de tus amigos. –alzó una de las comisuras de su boca- Mi primo es el que no esta bien. –añadió luego. Marco era su primo. Él se había estado peleando con Greg por una chica y la piña que deposito en mí era para Greg, sólo que yo me interpuse en un intento por separarlos y querer realizar un acto sin sentido de coraje.
 
-¿Esta lastimado? –pregunté, sin saber a qué se refería con el “no esta bien”- ¡¿Greg le pego?! –dije un poco más preocupada. Le había dicho que no valía la pena usar sus puños para arreglar problemas.
 
-Nada de eso. –lo negó- Esta mal mentalmente. No puedo creer que te haya pegado. –acarició la mejilla en donde había recibido el golpe.
 
Cerré mis ojos y le sujete la mano, haciendo más presión sobre mi mejilla con ella. Nunca me había tratado de este modo. De haber sido otro el motivo por el que me hallaba en este cuarto no hubiera venido. No teníamos mucha relación, a pesar de que lo había querido desde siempre, y él no lo sabía. Nunca lo había olvidado y no lo haría, mucho menos después de esto.
 
-Esas cosas suceden por amor. –expliqué, abriendo los ojos para observar su reacción- Sólo quería el amor de Romina. Al igual que Greg. –agregué, cómo metiendo un poco más de leña al fuego.
 
-Sí, pero no esta bien. Debería haber parado en cuanto te vio y no lo hizo. –creí que la sangre que compartían haría que estuvieran de un mismo lado. Habría prejuzgado –Debería venir a pedirte unas disculpas. –comenzaba a enojarse- Podría haber sido peor. –sus ojos se fijaron en los míos, con intensidad, logrando ponerme nerviosa.
 
-Pero no lo fue. Estoy acá, sana y salva. –Murmure- Deja de quejarte, ¿puedes?
 
-Me alegro que estés acá, en serio. –me sonrió, dejándome ver aquella sonrisa que tanto me agradaba.
 
Y por un momento me puse a pensar que hubiera sido de mí si en verdad todo aquello hubiera terminado diferente o peor. ¿Qué habría pasado con nosotros? Sé que jamás había pasado nada, pero si las cosas no hubieran salido bien, las mínimas esperanzas que albergaba y albergo se hubieran esfumado, tan rápido como el verano acaba. ¿Qué habría sido de mí sin ver esa sonrisa nuevamente? No nos hubiéramos despedido como quisiera.
 
-No sé que haría sin vos. –dijo entonces, con un brillo en sus ojos que te obligaban a mirarlos- Hay tantas cosas pendientes… -dejo que la voz se le fuera apagando, llenando mi mente de incontables preguntas.
 
-Yo también hubiera dejado cosas inconclusas y que me hubieran gustado cumplir. –dije, convencida de a lo que me refería.
 
-Dime qué eran y te las cumpliré. –me ofreció- Quiero que de ahora en adelante cumplas lo que te propongas. De esa forma, si te pierdo, que no quiero, sé que habrás cumplido al menos lo que querías. –al oír esas palabras mi corazón dio un brinco.
 
-Te quiero a ti. –masculle.
 
Estaba lista para verlo salir corriendo por la puerta luego de haberme escuchado decir aquellas estúpidas palabras, estaba preparada para ver cómo huía de mis sentimientos, aterrado por cómo eran. Pero no se fue, sino que se quedo allí, observándome durante los segundos más interminables de mi corta vida. Creí que estaba shockeado o algo por el estilo, hasta que volvió a tomar mi rostro en sus manos y fue acercándonos hasta hacer presión sus labios con los míos.
Si existía en el mundo algo más grande que el poder que sentí cuando me beso, si era posible que hubiera algo más masivo que la felicidad que me inundo el cuerpo con aquel gesto, entonces, para lastima de todos, les mintieron. Estaba completamente segura de que jamás habría algo igual, de que nada se compararía con el amor que yo sentí por ese hombre y seguiría sintiendo, porque si no me canse hasta ahora no lo haría nunca. Un espacio se hizo entre nosotros y pude notar su respiración entrecortada.
 
-Te quiero. -susurro contra mis labios-Siempre lo hice.
 
Volvió a unir nuestros labios, en otro de esos tantos besos que había deseado desde el primer momento en que lo vi aparecer en mi vida. Agradecía al cielo el haberme dado la oportunidad de haberme quedado para esto. Hasta era capaz de ir a agradecerle a Marco, por haberme pegado esa piña, con la cuál me había despertado y dado ánimos para decir lo que dije. Hasta el dolor más fuerte valía la pena por esto.


No hay comentarios:

Publicar un comentario