-Lo siento. -dijeron ambos al mismo tiempo.
Ella quería sonreirle, pero sus mejillas estaban congeladas, petrificadas. El muchacho alzo la vista hacía la de Ana, que descubrió en él unos preciosos ojos de color miel y un intenso brillo interno.
-No te había visto. -volvió a hablar él. Esta vez, Ana, pudo oír claramente su voz.
-Ni yo. -respondió demasiado tímida. Sin su consentimientos, sus mejillas se pusieron más rosadas de lo que estaban.
-Estamos a mano. -dijo él, luego, queriendo seguirle el hilo a la conversación. Él también estaba tímido, nervioso porque Ana no se fijara en él como lo estaba haciendo en ella. Quería conocerla desde el segundo después en que sus ojos habían encontrados los verdes cristales de Ana.
Ana comenzó a sentir un galope fuerte en su interior, y lo se porque era imposible no escucharlo. Sobresalía por encima de todo el ruido de la avenida, de los autos y colectivos que pasaban apresurados, de las personas que pasaban a la par de ellos, esquivándolos y sin prestarles atención. Ana no sabía qué decir o qué hacer. Lo único que se le ocurría era un <<adiós>> y seguir caminando. Después de haber soportado tantos rechazos, malos amores, y amores no correspondidos, esto le resultaba un alago. Sus piernas querían correr y huir. Tenía miedo. No quería salir lastimada y no quería creerle. Era un desconocido. "Es un desconocido. No te recordará.", se decía Ana para convencerse. Tenía miedo de creerle, confiar en él y al final de la historia ser la que sufriera, otra vez. Mil y un escalofríos recorrieron la espalda y todo el cuerpo de Ana a medida que los recuerdos venían a su mente. Ella creía que su corazón estaba muy frágil y vagamente arremedado como para arriesgarse. Por eso, y otros motivos que ella no quiere revelarse ni a sí misma, se marchó. Dejo a aquel chico parado en medio de la acera. Lo dejó allí, observándola irse.
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