En este pueblo todos se conocían entre sí y, probablemente, todos me conozcan; pero yo no me conocía. Ultimamente no sabía quién era ni mi proposito para seguir vigente de existencia. Si no tenía a mi hermana no era nada. Sin mi mejor amiga, me tragaba todas mis penas y felicidades. No podía compartir nada con nadie. Absolutamente todo me lo guardaba, me lo tragaba. Quería vomitarlo. Era como si me hubiera metido a un mar revoltoso, las olas me hubieran arrastrado, y ahora no respiraba, me hundía, me ahogaba en mi misma azaña.
El peso de la piedra en mi jean se sumaba al de muchas cosas más en mí. Y, al fin y al cabo, no contaba. Una piedra más, una piedra menos. Y si yo era piedra, como el resto del mundo, ¿por qué me empeñaba en seguir? Nadie me necesitaba. De lo contrario, ella se hubiera quedado conmigo. O al menos hubiera mostrado interes.
Sin darme cuenta había llegado al puerto. Me detuve a observar el río a sus orillas. Se veía tan calmo y por dentro era todo un infierno. Alguien más se paro a mi par. Observé por el rabillo del ojo y comprobe la presencía de una chica, un poco menor que yo. Le llevaba una cabeza, tenía sus negros cabellos hasta la cintura, y vasilaba entre avanzar o no. Mi corazón se detuvo en seco, al comprender lo que ocurría.
"Una piedra más" "¿Por qué empeñarse en seguir? "Una piedra más, una piedra menos" "Todo daba lo mismo" "Nadie me necesitaba".
Todas mis palabras se juntaban y mezclaban en mi mente, logrando aturdirme.
-Espera. -me precipité, apresurada, y la tome del brazo- ¿A donde vas? -sólo quería retenerla.
-Al mismo lado que tu. -apuntó.
-Pero no puedes. -tragué saliva, nerviosa- No sos una piedra.
-¿Qué? -preguntó extrañada. Agito su cabeza, provocando que sus lacios cabellos se enredaran en su cabeza- No me interesa. Llegue hasta acá, no me voy a tirar hacía atras.
-No te tires hacía delante tampoco. -casi le suplique- Quedemonos acá. Es perfecto este lugar. -no sabía como convencerla.
-¿Acaso no tienes amigos a quién molestar? -preguntó, molesta. De un tirón, se soltó de mi mano.
-Tenía, y creo que ya los moleste demasiado. -me encogí de hombros.
-Comprendo. -esta vez, bajo la vista al suelo- Me pasa lo mismo. -comentó.
-Podemos quedarnos juntas, acá. Sin ir a ningun lado. -le ofrecí- Puedo quedarme callada. Bastante lo he estado, y bastante puedo aguantarme.
-Esta bien, desahogate.
Minutos más tarde estabamos junta. Sentadas allí, sin movernos. Tenía razón. Ese lugar es perfecto. Nos contamos nuestras vidas, secretos más intimos, nos confiamos cosas que jamás habíamos llegado a confiarle a nuestros amigos. Luego de varías horas de charla, acordamos juntarnos todos los días a la misma hora para hablar. Y ahora lo comprendo. Todos somos piedras, es cierto; pero toparse con una no necesariamente implica un problema. A veces, puede significar tu salvación.
Y fué después de varios meses, en los que habían pasado demasiadas cosas entre nosotras, que le conté lo de la piedra. Estabamos en el muelle, a orillas del río. Siempre ibamos ahí. Había llevado la piedra, que tan bien había concervado, para mostrarsela. Entonces, algo que jamás olvidaré paso.
-Esta piedra vendría a ser yo, ¿verdad? -me pregunto Jari- Quiero decir: fue conmigo con quien te topaste. -en sus ojos brillaba el mismisimo Sol.
-Supongo. -fue lo unico que se me ocurrió decir.
-Según vos, yo soy tu piedra buena, la que te salvo. -continuó hablando. Podía ser bastante buena en palabras por tener tan solo catorce años- No soy un problema.
-En absoluto. Eres todo lo opuesto. -le sonreí, afectuosamente.
-Entonces, ¿para qué la concervas? -preguntó, pillandome desprevenida- Me tienes a mí, no necesitas esto. -tomó la piedra de mi mano, y me la mostró de cerca.
-Tienes razón. -algo hizo <click> en mi cabeza- No la necesito.
Tome la mano de Jari, que sostenía la piedra, y, con un envión, la arrojamos al río. Lo unico que requería en mi vida era su presencía. El corazón latiendo de Jari, su continua respiración, su compañía. Eso era todo lo que realmente necesitaba. Se había convertido en mi necesidad.
(Pero extraño a mi hermana, con toda mi alma. Aún la lloro por las noches, desconsolada.)
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